El Señor aconseja: Entrégate completamente a Mí, y te protegeré de todo peligro. Jamás volverás a conocer los problemas del nacimiento y la muerte. Por Mi gracia, conocerás la paz absoluta y alcanzarás Mi morada eterna y suprema. Concedo fe y refugio a quien se entrega a Mí y promete servirme para siempre, pues tal es Mi naturaleza.
Solo mediante el servicio devocional, y solo de esta manera, se puede conocer Mi verdadera esencia. Y quien, a través de tal devoción, llega a ser plenamente consciente de Mi Persona, puede entonces entrar en Mi reino absoluto.
Solo sirviéndome con amor y devoción incondicionales se puede conocer Mi verdadera esencia y verme verdaderamente. Así, y solo así, se puede penetrar el misterio de Mi Persona. Puedes proclamarlo con convicción: Mi devoto jamás perecerá.
¿Qué es lo que, incluso contra su voluntad, impulsa al hombre a pecar como si fuera forzado?
Esta pregunta se la planteó al Señor Krishna, Dios, la Persona Suprema, su devoto puro, el príncipe Arjuna.
El Señor le respondió: Es la lujuria, y solo eso. Nacida del contacto con la pasión, y luego transformada en ira, constituye el enemigo devastador del mundo y la fuente del pecado.
La lujuria, o deseo sexual, es el mayor enemigo de la humanidad.
En contacto con la materia, el alma encarnada que cada uno de nosotros es, se entrega sin vacilar a toda clase de actos pecaminosos, a menudo contra su voluntad. Se ve compelida a cometer pecados sin haberlos deseado. Es el acto sexual el que perpetúa la existencia condicionada en este mundo material; por eso Dios aboga por el celibato, pero sobre todo, por la continencia.
El Señor nos advierte con estas palabras: Los seres demoníacos no saben qué hacer ni qué no hacer. En ellos no hay ni pureza, ni conducta justa, ni veracidad.
Los seres demoníacos, que se refugian en la vanidad, el orgullo y la lujuria insaciable, caen presa de la ilusión. Fascinados por lo efímero, dedican sus vidas a actos perversos.
Creen que disfrutar de los sentidos hasta el último instante es el imperativo supremo de la humanidad. Por ello, su angustia no conoce fin. Encadenados por cientos, por miles de deseos, por la lujuria y la ira, acumulan riquezas por medios ilícitos para satisfacer los apetitos de sus sentidos.
Confundidos por múltiples ansiedades y atrapados en una red de ilusiones, se apegan excesivamente al placer sensual y se hunden en el infierno.
Tres puertas se abren a este infierno: la lujuria, la ira y la avaricia. Que toda persona en su sano juicio las cierre, pues conducen al alma a la ruina.
El Señor añade: Quien logra evitar estas tres puertas del infierno dedica su vida a actos que conducen a la plenitud espiritual. De este modo, alcanza gradualmente la meta suprema.
Por otro lado, quien rechaza los preceptos de las Escrituras para actuar según sus caprichos no alcanza ni la perfección, ni la felicidad, ni la meta suprema. Por lo tanto, determina qué es tu deber y qué no lo es a la luz de los principios bíblicos. Conociendo estas leyes, actúa de tal manera que te eleves gradualmente.


