El segundo hito del conocimiento espiritual.
En verdad, todos los que habitan el mundo material se han expuesto voluntaria y libremente al riesgo de ser condicionados por la materia. Han caído en la trampa de las leyes de la naturaleza material.
El propósito mismo de la vida humana es guiar al ser espiritual encarnado a comprender las causas de su condicionamiento, la única manera de escapar de las garras de la existencia material. La única manera de liberarse de esta esclavitud material es someterse a la voluntad de Dios.
Pero el necio, en lugar de huir de las garras de maya, la energía de la ilusión afín a Satanás, se enreda en las diferentes denominaciones relacionadas con lo que cree que es su identidad: intelectual, administrador, comerciante, trabajador, hindú, cristiano, musulmán, europeo, americano, africano, y en relación con esta identidad desarrolla a su vez una actitud, una posición particular, un comportamiento, y solo se somete a las órdenes del Señor Supremo bajo la influencia de las leyes y escrituras relacionadas con esta identidad.
Las leyes humanas de cualquier estado son meras imitaciones imperfectas de los preceptos religiosos. Secular y separado de Dios, el estado permite a los ciudadanos quebrantar las leyes divinas, pero les exige estrictamente obedecer las suyas.
Sin embargo, las personas sufren más si descuidan las leyes de Dios y solo observan las leyes humanas. Pues, imperfectas por naturaleza, sea cual sea el condicionamiento material en el que se encuentren, incluso el ser humano más evolucionado solo puede crear una legislación imperfecta.
Las leyes de Dios no contienen imperfecciones, y si las personas son instruidas en ellas, ¿qué necesidad tienen de una legislación relativa, creada por políticos oportunistas, desacertados en todos los aspectos? Las leyes humanas siempre deben ser modificadas y revisadas, pero no las de Dios, ya que provienen del Ser Divino, quien posee la perfección suprema.


