Esta es la verdad que el Señor mismo enseña. Es deber de la humanidad aprovechar al máximo este camino fácil.
Pero pocos en esta era, cuando todos los seres humanos sufren cruelmente, sumidos como están en la oscuridad del materialismo, pueden encontrar refugio. El único refugio de la humanidad está en la religión eterna, que les revela el verdadero propósito de la vida y les ofrece un viaje fácil a los planetas del mundo espiritual. Allí, las personas pueden vivir en compañía de Krishna, Dios, la Persona Suprema, inmersos en la dicha eterna, el conocimiento absoluto y la eternidad.
Cuando una sociedad pierde su estructura, cuando la organización de las clases sociales ya no está asegurada, la destrucción de la unidad familiar conlleva el colapso de las tradiciones eternas establecidas por Dios, orientadas al bienestar tanto material como espiritual de sus habitantes. Los seres humanos caen entonces en la irreligión.
La organización natural de la sociedad en clases sociales y divisiones espirituales, creada por Dios, incluye numerosos principios morales cuya función es permitir que los miembros de la familia crezcan en fortaleza y sabiduría, asimilando gradualmente los valores espirituales a lo largo de sus vidas.
Los ancianos de la familia tienen la responsabilidad de garantizar la aplicación de estos principios. Su muerte corre el riesgo de interrumpir estas prácticas, lo que llevaría a sus descendientes a caer en la irreligión y el ateísmo, perdiendo así toda posibilidad de liberación espiritual. Destruir a los ancianos y el conocimiento que transmiten es un pecado grave.
Cuando la impiedad reina en una familia, las mujeres se corrompen y, de su degradación, surgen descendientes indeseables.
Una población sana es el principio fundamental de la paz, la prosperidad y el progreso espiritual en la sociedad humana. Los principios morales que rigen la organización de las clases sociales fueron diseñados para guiar a toda la sociedad hacia el progreso espiritual, asegurando la preservación de la virtud. La pureza de una población depende de la castidad y la fidelidad de sus mujeres. Ahora bien, así como un niño es fácilmente maltratado, una mujer es propensa a la corrupción. Por esta razón, ambos necesitan la protección de los mayores de la familia. Así, si la castidad y la devoción de las mujeres se salvaguardan mediante diversos actos de piedad y respeto a las tradiciones familiares, no caerán en el adulterio y tendrán una descendencia virtuosa, capaz de participar en la organización natural de las clases sociales y las divisiones espirituales.
Sin embargo, si este sistema social no se respeta, la interacción frecuente entre hombres y mujeres conduce al adulterio, con el riesgo de crear una población indeseable. Por culpa de hombres irresponsables, hijos contaminados e indeseados inundan la sociedad, provocando guerras y epidemias. El creciente número de estos indeseables crea un infierno para las familias y para quienes han destruido sus tradiciones. Los antepasados son olvidados; cesan las ofrendas de agua y comida.


